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Por Carolina Astudillo Investigadora Asociada Proyecto R23F0004, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. n los últimos años, la bioeconomía circular se ha consolidado como una de las principales estrategias para avanzar hacia sistemas productivos más sostenibles. Su premisa es tan atractiva como necesaria: transformar residuos biológicos, especialmente aquellos provenientes de la agroindustria, en nuevos productos de valor, desde ingredientes funcionales hasta compuestos bioactivos utilizados en alimentos, cosméticos o en la industria farmacéutica. Al pensar en este tipo de innovación, la biotecnología suele ocupar un lugar privilegiado. Las bioconversiones (enzimas y fermentaciones) son fundamentales para alcanzar el objetivo tecnológico de obtener moléculas de interés a partir de matrices vegetales. Sin embargo, con frecuencia queda en segundo plano el cómo recuperar esas moléculas desde las mezclas multicomponentes y complejas que se generan durante el proceso. Esta situación desafía la viabilidad de la valorización de residuos agroindustriales, si no se ha tenido en consideración una pieza fundamental de todo proceso: la ingeniería de separaciones. Una vez que se logra producir o liberar una molécula de interés, comienza una de las etapas más complejas del proceso: su recuperación, purificación y concentración. Este conjunto de operaciones se conoce en ingeniería de procesos como downstream processing, y constituye uno de los pilares -muchas veces silencioso- de la industria. El downstream se basa mayoritariamente en tecnologías bien conocidas, entre ellas operaciones como filtración, centrifugación, precipitación, extracción líquido-líquido, ultrafiltración o cromatografía. Se trata de tecnologías robustas, confiables y ampliamente probadas, utilizadas desde hace décadas en sectores como la industria farmacéutica o alimentaria. Sin embargo, que sean conocidas no significa que su implementación sea trivial. Por el contrario, su integración eficiente dentro de procesos de valorización de residuos agroindustriales plantea desafíos técnicos y económicos considerables. Diseñar un sistema de separación eficiente requiere comprender en profundidad la naturaleza de las matrices vegetales y su variabilidad, y adaptar las operaciones unitarias para trabajar con ellas. Además, las etapas de recuperación y purificación pueden representar una fracción significativa del costo total de producción. Debiendo incorporarse desde las primeras fases de investigación y desarrollo. De hecho, muchas iniciativas de valorización logran demostrar su potencial a escala de laboratorio, pero enfrentan dificultades significativas cuando intentan escalar hacia niveles piloto o industriales de forma económicamente viable. Por ejemplo, para la extracción de compuestos fenólicos, que pueden tener propiedades como antioxidantes, neuroprotectoras y antimicrobianas, desde una matriz vegetal, siempre será necesario realizar una clarificación. Su objetivo es eliminar restos de material celulósico y proteínas, como primer paso para conseguir la purificación de los compuestos bioactivos. Muchas veces, se subestima la dificultad de realizar una clarificación que permita obtener los rendimientos necesarios, para que tenga potencial de escalamiento. La transición hacia modelos productivos circulares no depende únicamente de identificar el potencial uso de las moléculas presentes en las matrices vegetales de los residuos agrícolas, sino sobre todo de desarrollar sistemas tecnológicos capaces de recuperarlas de manera eficiente, sostenible y económicamente viable, tal como se busca desarrollar en el proyecto ANID de Fortalecimiento de Centros Regionales R23F0004. En ese sentido, reconocer el rol estratégico de la ingeniería de separaciones no es solo una cuestión técnica. Es una condición necesaria para que muchas de las promesas de la bioeconomía puedan materializarse fuera del laboratorio. GALERÍAOTROS PROTAGONISTAS
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Por Cristóbal Leschot Ingeniero experto en telemetría de Dripsa y Tagle & Cía. ada abril se conmemora la Semana Mundial de la Tierra, una fecha que debiera ir más allá de la reflexión simbólica para transformarse en una oportunidad concreta de revisar cómo estamos gestionando nuestros recursos. En el caso concreto de la agricultura, el foco inevitable está en el agua y su uso racional, eficiente y sostenible. A pesar de los avances y de la creciente evidencia sobre la crisis hídrica, aún persiste una lógica instalada: mientras exista disponibilidad de agua, la urgencia por optimizar su uso no siempre es prioritaria. Esta mirada, más cultural que técnica, sigue postergando decisiones que serán cada vez más necesarias. Chile enfrenta desde hace más de una década un escenario de escasez hídrica prolongada. Según datos de la Dirección General de Aguas, cerca del 70% del territorio nacional presenta algún grado de afectación por sequía o disminución en la disponibilidad de agua. Este contexto no solo tensiona a la agricultura, sino que redefine la forma en que el sector debe proyectarse. Frente a este escenario, el desafío no es menor: producir más y mejor, utilizando menos recursos. Y es aquí donde la eficiencia deja de ser un concepto aspiracional para transformarse en una necesidad operativa. Hoy existen herramientas concretas para avanzar en esa dirección. La tecnificación del riego, el uso de sistemas automatizados y la incorporación de monitoreo permiten optimizar el uso del agua y reducir pérdidas asociadas a errores humanos o a una gestión ineficiente, tanto del agua como del gasto energético. Del mismo modo, prácticas como el riego estratégico en etapas clave del cultivo —incluido el periodo postcosecha— son fundamentales para asegurar la sostenibilidad productiva. Sin embargo, el principal desafío sigue siendo la adopción. No basta con que la tecnología esté disponible; es necesario integrarla con una mirada de largo plazo, que considere tanto la rentabilidad como la resiliencia de los sistemas agrícolas. En este contexto, avanzar hacia una gestión más eficiente del recurso hídrico no solo responde a una necesidad ambiental, sino también a una decisión estratégica para el sector. La evidencia ya está sobre la mesa, y las soluciones también. El paso siguiente es acelerar su implementación, entendiendo que el futuro de la agricultura estará cada vez más vinculado a la capacidad de adaptarse a un escenario donde el agua será, sin duda, uno de los factores más determinantes. GALERÍAOTROS PROTAGONISTASPor Lorena Pacheco Estay Jefa de Innovación CeTA Norte a Región de Arica y Parinacota se ha consolidado en los últimos años como un verdadero laboratorio natural para la industria agroalimentaria. Sus condiciones climáticas excepcionales, la diversidad de sus valles y la riqueza de su patrimonio productivo la convierten en un territorio con enorme potencial para el desarrollo de alimentos diferenciados. Sin embargo, transformar ese potencial en oportunidades reales de desarrollo requiere algo más que buenas materias primas. También exige conocimiento, tecnología y procesos que permitan que productos con identidad territorial puedan cumplir con los estándares de la industria alimentaria moderna y acceder a nuevos mercados. En este contexto surge la iniciativa “Academia de Innovación: Territorios y Sabores”, impulsada por CeTA Norte con el apoyo del Comité de Fomento Productivo de Arica y Parinacota. Durante doce meses, el programa trabajará con 45 agricultores y emprendedores agroalimentarios de la región, con el objetivo de fortalecer sus capacidades productivas y apoyar el desarrollo de productos con mayor valor agregado que puedan proyectarse no sólo a nivel regional, sino también nacional. Uno de los principios centrales de esta iniciativa es que la innovación agroalimentaria no se construye únicamente desde los laboratorios o las oficinas. También se construye en el territorio, en diálogo con quienes han desarrollado por generaciones un profundo conocimiento de los ciclos productivos, las condiciones climáticas y las características únicas de cada valle. Por ello, una parte fundamental del trabajo ha sido el levantamiento técnico en terreno, recorriendo zonas geográficamente complejas como el valle de Codpa, y otros sectores de la precordillera, donde se concentran productos con importante valor patrimonial y productivo. Estas visitas han permitido identificar brechas que muchas veces limitan el crecimiento de los emprendimientos locales, entre ellas desafíos de estandarización de procesos, dificultades para cumplir con normativas sanitarias o problemas asociados a la vida útil de los productos. Superar estas brechas es clave para que iniciativas productivas con una fuerte identidad territorial, puedan escalar y posicionarse en nuevos mercados. Al mismo tiempo, el trabajo en terreno ha permitido reconocer ejemplos concretos del enorme potencial que posee el territorio. Entre ellos destaca el vino Pintatani, un producto con siglos de historia en la región que hoy enfrenta el desafío de avanzar en procesos de estabilización enológica y cumplimiento normativo que permitan proyectar su escalabilidad. También aparecen oportunidades en productos como las hierbas deshidratadas de la precordillera, donde las condiciones naturales de radiación solar y la pureza del aire ofrecen un entorno privilegiado para preservar aceites esenciales y compuestos bioactivos de alto valor. A esto se suman diversas mermeladas elaboradas con frutas de los valles de la región, que destacan por presentar grados Brix naturalmente elevados y perfiles de sabor particulares, asociados a la composición mineral de los suelos de zonas como Codpa. Estos ejemplos reflejan una tendencia cada vez más visible en el mercado alimentario: el creciente interés por productos con origen, historia e identidad territorial. El desafío consiste en cómo acompañar ese patrimonio productivo para transformarlo en oportunidades concretas de desarrollo económico sostenible. En ese camino, el rol de instituciones tecnológicas como CeTA es acercar capacidades de desarrollo, pilotaje y escalamiento productivo a los territorios, permitiendo que pequeños productores y emprendimientos agroalimentarios puedan avanzar desde la producción primaria hacia la creación de alimentos con mayor valor agregado. La Academia de Innovación: Territorios y Sabores, busca aportar a ese proceso mediante la entrega de transferencia tecnológica, asesorías especializadas y un trabajo articulado con el ecosistema regional. La iniciativa contempla el fortalecimiento de capacidades productivas, el desarrollo de prototipos y la generación de nuevas oportunidades de innovación para los participantes. Este trabajo se desarrolla en coordinación con distintos actores del territorio, entre ellos las municipalidades de Arica, Camarones, Putre y General Lagos, además de instituciones del ecosistema productivo regional como INDAP, el Gobierno Regional, el PTI Camélidos, Transforma Agroalimentos, el PTI Hortícola y el Centro de Negocios de Arica. Cuando la innovación se construye desde el territorio, no sólo se desarrollan nuevos alimentos. También se fortalecen comunidades productivas, se preserva patrimonio cultural y se generan oportunidades económicas donde antes parecía difícil que existieran. Chile cuenta con una enorme diversidad de territorios productivos con características únicas. El desafío es seguir fortaleciendo las capacidades tecnológicas regionales que permitan transformar esa riqueza en desarrollo sostenible, conectando el conocimiento local con herramientas de innovación, desarrollo de productos y acceso a nuevos mercados. Porque la innovación alimentaria del futuro no sólo se construirá en centros tecnológicos o grandes industrias. También se construirá en los valles, en los campos y en los territorios donde el conocimiento acumulado por generaciones puede convertirse en fuente de desarrollo para todo el país. GALERÍAOTRAS COLUMNAS n el marco de una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, me han solicitado escribir una columna de opinión respecto a “cómo se ha visto la reducción de la brecha entre hombres y mujeres en el mundo de la investigación científica”. En ese contexto, me puse a pensar y recordé que hace más de 10 años también escribí al respecto para esta fecha. Tengamos presente, en primer lugar, que el Día Internacional de la Mujer es un día reconocido por la Organización de Naciones Unidas, ONU, donde se conmemora la lucha de la mujer por su participación en igualdad de condiciones con los hombres, en las distintas instancias de nuestra sociedad. Como Centro de Investigación Científico- Tecnológico, no podemos dejar de mencionar la importancia de la mujer en el desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país. Nosotros mismos tenemos una gran cantidad de mujeres en CREAS, por encima del promedio de otras instituciones. Algo destacable al pensar en el desafío de la equidad. Sin embargo, si lo vemos a nivel país, hace más de 10 años (cuando escribí la columna anterior), los proyectos liderados por mujeres (según datos de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo – ANID) eran el 40% (un 45% más que 10 años antes de esa fecha, es decir hace más de 20 años), pero resulta que en la actualidad los proyectos adjudicados por mujeres son el 34.5%. Estos números parecen un poco desalentadores, ya que si bien 10 años atrás había subido la participación de mujeres, hoy vemos una baja. En ese sentido, también debemos puntualizar que los porcentajes de postulación a proyectos por parte de mujeres siguen siendo bajos respecto al porcentaje de hombres que postula (también del orden del 35% de proyectos admisibles). Es destacable, eso sí, que existen en ANID otras instancias de participación femenina en proyectos específicos de equidad de género, posiblemente, allí esté la diferencia, ya que dicho valor (cercano al 35%) se ha mantenido en los últimos 5 años. A nivel mundial, Chile aparece en el puesto N° 22 del ranking mundial de brecha de género (Word Economic Forum, Global Gender Gap-2025) de un total de 148 países, aumentando significativamente desde el puesto N°46 (el año 2011) y desde el lugar N°78 el 2006, lo que refleja que las mujeres pueden competir de igual a igual con hombres y demostrar sus habilidades y capacidades. Ahora, si miramos los números anteriores puede parecer un gran salto, lo que debería alegrarnos ya que algo se ha hecho al respecto. Sin embargo, nuevamente, este es un valor global, ya que en el sub ítem “igualdad salarial para un trabajo similar”, Chile ocupa el puesto 85 (año 2025), alejado del ideal pero bastante mejor que el puesto 128 que ocupaba el 2011. Esta cifra es bastante negativa, y así como en el área de la ciencia y la tecnología se han desarrollado planes para disminuir esta brecha y aumentar la participación de mujeres, igualmente debiera ser aplicado a otras áreas de desarrollo de la economía de nuestro país. Por el momento, me quedo con los números del ranking mundial. Esto nos indica que vamos en la dirección correcta, por lo que espero que sigamos avanzando para un país más equitativo con las mujeres trabajadoras. GALERÍAOTRAS COLUMNASPor Karel Thurman Portfolio Director de BENEO oy en día, más de mil millones de personas padecen obesidad y las previsiones indican que, para 2030, casi tres mil millones de adultos —aproximadamente la mitad de la población adulta— tendrán sobrepeso u obesidad. La obesidad infantil también está aumentando, lo que es especialmente preocupante dado que el exceso de peso en la infancia suele persistir en la edad adulta. El sobrepeso y la obesidad son dos factores de riesgo importantes para las enfermedades no transmisibles, como la hipertensión y la diabetes tipo 2, lo que supone una presión cada vez mayor para los sistemas sanitarios de todo el mundo. Por eso, nunca ha sido tan importante priorizar la prevención desde los primeros años de vida y a lo largo de todas las etapas de la misma. Destacar la magnitud del problema es el objetivo principal del tema del Día Mundial de la Obesidad de este año, “8000 millones de razones para actuar contra la obesidad”, que se celebra el 4 de marzo. Aunque se trata de un problema que va mucho más allá del ámbito de competencia de cualquier sector por sí solo, la industria alimentaria tiene un papel fundamental que desempeñar y los proveedores de ingredientes como BENEO, junto con los fabricantes, tienen la responsabilidad compartida de ayudar a los consumidores a controlar su peso de forma sostenible mediante la creación de nuevos conceptos de alimentos y bebidas que faciliten los cambios de comportamiento de los consumidores. El impulso del GLP-1 está transformando la industria de alimentos y bebidas, y los fabricantes exploran cada vez más oportunidades para posicionarse en este mercado con productos de valor añadido. Como proveedor de soluciones para la industria, BENEO está observando una creciente demanda de conceptos más versátiles. Mientras que la primera generación de productos para ayudar a perder peso se centraba en la reducción de calorías a corto plazo, ahora se está evolucionando hacia fórmulas que ayudan a controlar el peso a largo plazo. Aunque las terapias con GLP-1 podrían haber llegado para quedarse, muchos consumidores siguen buscando controlar su peso mediante enfoques naturales que pueden conducir a una pérdida de peso más gradual, pero que se consideran más equilibrados. En cualquier caso, la necesidad de dietas de alta calidad sigue siendo esencial, y los ingredientes funcionales tienen un papel crucial que desempeñar. Hoy en día, perder o mantener el peso es solo una pieza del rompecabezas dentro de un enfoque más amplio para llevar una vida saludable, que incluye fomentar una flora intestinal saludable, contribuir a la salud metabólica y mental o favorecer un sueño reparador. Ahí es donde entra en juego la nutrición inteligente, y BENEO está bien posicionada con una amplia gama de soluciones respaldadas por la ciencia que pueden satisfacer estas sofisticadas necesidades. Ofrecer beneficios adicionales para cada etapa del proceso de pérdida de peso será clave para abordar el problema mundial de la obesidad. En este campo, existe un enorme potencial para que los fabricantes reformulen o desarrollen nuevos conceptos que ayuden a los consumidores en este sentido, creando alimentos ricos en nutrientes que ofrezcan perfiles nutricionales mejorados. Tanto si se trata de productos enriquecidos con fibra prebiótica, proteínas de origen vegetal o carbohidratos de bajo índice glucémico, ahora existe una gran variedad de ingredientes dentro de la gama de productos para el control del peso. Una cosa está clara: la educación del consumidor es fundamental para abordar el problema de la obesidad y destacar la importancia de una alimentación saludable. Esto es especialmente importante para evitar el malentendido de que los medicamentos para adelgazar son una solución fácil, sobre todo teniendo en cuenta que recuperar el peso perdido tras dejar de tomarlos es un riesgo importante si no se adaptan los hábitos alimenticios. Los años de experiencia de BENEO en la formulación de productos alimenticios y bebidas con beneficios nutricionales o para la salud añadidos, que además tienen buen sabor, siguen siendo los mismos y nos posicionan bien para ayudar a nuestros clientes a desarrollar productos valiosos que no solo contribuyen a los objetivos de pérdida de peso, sino también a la salud en general. Esta es una ventaja que seguimos aprovechando ahora para asesorar a nuestros clientes a través de nuestra cadena única de experiencia. Esto incluye expertos en tecnología de aplicación para apoyar la reformulación y el desarrollo de productos, así como expertos científicos y legislativos para ofrecer orientación sobre las oportunidades de declaración. Con unas previsiones tan alarmantes sobre el número de personas que sufrirán obesidad en los próximos años, ahora es el momento de actuar. Como industria, contamos con los conocimientos, la experiencia y las soluciones necesarios para abordar este problema de frente y proteger el futuro de nuestra población y nuestros sistemas sanitarios globales. Se trata de una responsabilidad compartida de la que no debemos rehuir, y en BENEO no lo haremos. GALERÍAOTRAS COLUMNASPor Gabriel Vivanco Ocampo Presidente del Colegio de Ingenieros Alimentos de Chile ecientemente, la mesa técnica del Colegio de Ingenieros Alimentos de Chile comunicó a la opinión pública en general, que frente a iniciativas legislativas que buscan regular a los denominados “alimentos ultraprocesados”, es esencial que dichas discusiones se basen en evidencia científica, coherencia regulatoria y definiciones técnicamente válidas. Esto, porque el término “ultraprocesado” no forma parte de la ciencia de la ingeniería de alimentos, ni tampoco del marco regulatorio chileno o internacional vigente. De hecho, este término no está reconocido en nuestro Reglamento Sanitario de los Alimentos, RSA, ni tampoco constituye una categoría normativa en el Codex Alimentarius ni en las reglas de la Food and Drug Administration FDA o de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, EFSA. Su origen corresponde a clasificaciones académicas de carácter nutricional diseñadas para análisis poblacionales y no para regulación sanitaria ni evaluación de riesgo. Además, desde el punto de vista técnico, el concepto “ultraprocesado” carece de definición operativa, no establece criterios medibles ni fiscalizables, y mezcla arbitrariamente variables nutricionales, sociales y culturales con procesos industriales. En este punto, debemos recordar que el procesamiento de alimentos no es sinónimo de riesgo. Por el contrario, tecnologías como pasteurización, esterilización, congelación, deshidratación, extrusión y formulación controlada han sido fundamentales para, entre otras cosas, garantizar la inocuidad alimentaria, reducir enfermedades transmitidas por alimentos (ETA), asegurar disponibilidad y estabilidad del suministro, y proteger la salud de los consumidores. La evaluación sanitaria, por lo tanto, debe centrarse en el riesgo real, no en el nivel de procesamiento per se. La evidencia científica demuestra, además, que los efectos en salud asociados a la alimentación dependen del patrón de consumo, cantidad, frecuencia y condiciones individuales de las personas. Por ende, las enfermedades crónicas no transmisibles no pueden atribuirse a un alimento aislado, ni a categorías simplificadas, sino que a múltiples determinantes. También es importante recalcar que la educación alimentaria basada en evidencia resulta más efectiva que la estigmatización de alimentos o procesos productivos. Chile cuenta, además, con un Reglamento Sanitario de los Alimentos robusto y alineado con estándares internacionales, que regula ingredientes y aditivos, procesos productivos, límites de seguridad y rotulación y publicidad. De este modo, antes de crear nuevas categorías regulatorias, resulta imprescindible evaluar la eficacia del marco existente y resguardar la coherencia técnica y jurídica. Como mesa técnica de CIACh, recalcamos enfáticamente que la incorporación de conceptos ambiguos en la legislación, puede generar inseguridad jurídica, dificultades de fiscalización, barreras técnicas al comercio, impacto negativo en la industria alimentaria nacional y desinformación en la ciudadanía. Además, es conveniente recordarle tanto al poder legislativo como a las autoridades y a la opinión pública en general, que la ingeniería en alimentos es la única disciplina especializada que integra ciencia, tecnología, inocuidad, calidad y gestión de riesgos, a lo largo de toda la cadena alimentaria. Por ende, excluir a este gremio y a sus distinguidos profesionales, del debate técnico, debilita la calidad de las políticas públicas en materia de alimentos. En tal sentido, el CIACh propone enfocar la regulación en evaluación de riesgo real, fortalecer la educación alimentaria y el consumo informado, construir políticas públicas basadas en evidencia científica interdisciplinaria e incorporar formalmente a los ingenieros en alimentos en la discusión legislativa. Debemos recordar que la protección efectiva de la salud pública requiere rigor científico, coherencia regulatoria y diálogo técnico real, porque legislar sobre alimentos exige escuchar a quienes los diseñan, producen y controlan desde la ciencia y la ingeniería. Asimismo, debe brindarse mayor información a la población en general para que puedan realizar consumos informados e inteligentes, con miras a la mejora de la salud pública en el largo plazo. GALERÍAOTRAS COLUMNAS n el ecosistema de innovación agroalimentaria, a menudo nos deslumbramos con el producto final: el ingrediente funcional o el packaging inteligente. Sin embargo, también existe una capa invisible, más “sucia” y desafiante, que sostiene toda esa cadena: la gestión masiva de los descartes y la energía que mueve el proceso. Nuestra participación en el Programa TT Green Foods, liderado por CREAS y CORFO, ha consistido en hacernos cargo de esa infraestructura basal. Así, mientras el portafolio avanza en la sofisticación de productos, en el Proyecto P13 hemos asumido el rol de validar la “ingeniería dura” necesaria para cerrar el ciclo energético a escala real. Al entrar en nuestra fase decisiva de operación y tras ajustar estratégicamente nuestros objetivos hacia un TRL 7-8, confirmamos una hipótesis vital: la industria nacional no necesita más “fierros” importados ni diseños teóricos, sino certezas operativas y viabilidad económica. Nuestra operación en el Bioparque de Quilpué no es solo un hito constructivo; es un laboratorio de estrés. Al iniciar el procesamiento de cargas reales de 300 kg diarios de residuos complejos, estamos sentando las bases operativas para la inminente generación de biogás. Pero más allá de la energía, utilizamos la realidad física para calibrar el “cerebro” del sistema, aprovechando las capacidades especializadas de nuestro Holding ProCycla a través de Modela. Gracias a esta integración, hemos detectado que los modelos tradicionales suelen sobreestimar la producción energética en un 10-20% al ignorar las “zonas muertas” de los reactores. Estamos corrigiendo esa matemática mediante una hipótesis de compartimentalización automatizada. Aunque el objetivo inmediato es validar que una hidrodinámica optimizada reduce la agitación a solo 30 minutos diarios (desplomando el OPEX), la proyección de este hallazgo trasciende al proyecto: esta metodología tiene el potencial de revolucionar el diseño de grandes plantas industriales, permitiendo escalar reactores con precisión predictiva antes de construir la infraestructura física. Esta búsqueda de eficiencia no se limita al proceso, sino que se extiende a la estructura misma. El contexto económico global, marcado por la volatilidad del acero, aceleró una reflexión técnica necesaria: la viabilidad comercial no puede depender de materiales de costos impredecibles y alta corrosión. La operación actual nos ha permitido confirmar que el escalamiento comercial (posproyecto) debe migrar desde el acero estructural hacia soluciones modulares en polímeros de alta densidad (HDPE). El «Paquete de Conocimiento» que estamos consolidando entrega precisamente eso: la ingeniería de detalle para transitar de una obra civil costosa a un producto industrial manufacturable y logísticamente ágil. Entendemos que el desarrollo sostenible es una carrera de resistencia. Al extender nuestra validación operativa hasta 2026, aseguramos que el activo a transferir al ecosistema TT Green Foods no sea un prototipo prematuro, sino una plataforma tecnológica con riesgos mitigados. El MDA de ProCycla se erige así como una pieza complementaria clave para los demás coejecutores: somos la plataforma que permite imaginar un futuro donde los residuos de la industria de ingredientes no sean un pasivo, sino la fuente de energía de su propio proceso. GALERÍAOTRAS COLUMNAS urante años, en el ámbito de la neurología se creyó que el cerebro era un órgano aislado, casi impermeable a lo que ocurría en otros sistemas del cuerpo. Sin embargo, mi experiencia clínica y la evidencia científica reciente nos han ido mostrando que esta idea ya no se sostiene. Por ejemplo, en el caso del Trastorno del Espectro Autista (TEA), la conexión entre el intestino y el cerebro —el llamado eje intestino–cerebro— se vuelve especialmente relevante para comprender aspectos conductuales, emocionales y metabólicos. Cuando hablamos de microbioma intestinal, nos referimos a todos los organismos que conviven en el intestino: bacterias, hongos, virus, parásitos, levaduras, espiroquetas, además de moléculas como los ácidos grasos de cadena corta que influyen directamente en neurotransmisores y funciones inmunológicas. En este punto, me parece fundamental recordar que cerca del 70% de la serotonina cerebral se produce en el intestino; por lo tanto, cualquier alteración en este ecosistema puede impactar en la regulación emocional, el sueño, el apetito e incluso la función cognitiva. ¿QUÉ DETERMINA UNA MICROBIOTA SANA? En mi práctica clínica observé que una microbiota saludable requiere diversidad y alimentos de buena calidad. El desafío actual es que gran parte de lo que consumimos está expuesto a tóxicos ambientales, agrotóxicos y metales pesados, particularmente en algunos productos del mar. Esto afecta la capacidad depurativa del intestino y su equilibrio microbiano. La microbiota, además, tiene un componente heredado. La madre transmite su microbioma durante el parto, y la lactancia también juega un rol crucial en este proceso. Incluso el estrés materno o el uso temprano de antibióticos pueden modificar significativamente la conformación de la microbiota infantil. Estos factores son determinantes en la salud metabólica, inmunológica y neurológica de los niños. ¿QUÉ DICE LA CIENCIA RECIENTE? Uno de los avances que considero más interesantes es un estudio publicado por la Universidad China de Hong Kong en Nature Microbiology. Según este trabajo, que analizó muestras de más de 1.600 niños, se identificaron 31 marcadores microbianos asociados al TEA. Si bien este tipo de hallazgos no establece causalidad —algo que la ciencia aún investiga— sí abre la puerta a nuevos métodos diagnósticos más precisos y no invasivos, además de orientarnos hacia tratamientos mucho más personalizados. En mis consultas, no es raro encontrar que muchos niños y niñas con TEA presentan mayor permeabilidad intestinal, una condición que permite que toxinas entren al organismo y que nutrientes esenciales se pierdan. Esta alteración del microbioma puede generar disbiosis, sobrecrecimiento bacteriano e incluso enfermedades gastrointestinales que a menudo se traducen en malestar, irritabilidad, sensibilidad alimentaria y dificultades de absorción. Todo esto, por supuesto, puede amplificar síntomas conductuales o emocionales y afectar procesos de aprendizaje. ALIMENTACIÓN, SUPLEMENTOS Y PROBIÓTICOS Siempre digo que la alimentación es una de las herramientas más poderosas que tenemos en el acompañamiento de personas con TEA. Por ello, suelo recomendar evitar ultraprocesados, exceso de azúcar, colorantes y, en varios casos, también el gluten y la caseína, debido a las intolerancias frecuentes que observo. Pero esto no se trata de imponer restricciones sino de personalizar. Por eso, insisto en realizar exámenes específicos y trabajar con acompañamiento médico. A lo largo de los años he visto cómo, mediante ajustes nutricionales, suplementos adecuados y probióticos seleccionados según el perfil microbiano, se pueden lograr transformaciones profundas como, por ejemplo, mejor regulación emocional, disminución de la irritabilidad o del llanto y una mejor adaptación escolar. Incluso cambia la manera en que los adultos perciben y apoyan al niño o niña. Los primeros cambios suelen aparecer entre la tercera y cuarta semana, aunque reequilibrar la microbiota completa puede tomar alrededor de tres meses. Durante ese tiempo, incorporamos intervenciones nutricionales, suplementación dirigida y, cuando corresponde, tratamientos antiparasitarios o antibióticos. MIRANDO HACIA EL FUTURO Estoy convencida de que la medicina del futuro inmediato estará fuertemente enfocada en el microbioma. Los hallazgos recientes —como los marcadores microbianos asociados al TEA— refuerzan la idea de que el intestino es una pieza clave para entender y acompañar mejor a las personas autistas. Aunque todavía falta mucho por descubrir, estamos ante una oportunidad única: utilizar lo que sabemos del microbioma para crear intervenciones más efectivas, menos invasivas y profundamente personalizadas. Y si eso contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas con TEA y sus familias, entonces estamos avanzando en la dirección correcta. GALERÍAOTROS PROTAGONISTASPor Dra. Marta Albornoz Directora Proyecto P11 “Consorcios microbianos para la restauración de suelos agrícolas degradados” TT Green Foods ajo nuestros pies, la tierra se desliza como un suspiro antiguo. Lo que alguna vez fue suelo fértil y promesa de alimento, hoy se convierte lentamente en polvo que el viento levanta y dispersa. En la Región de Valparaíso, entre los años 2008 y 2023, hubo un aumento del 68.5% de suelo desnudo, lo que se tradujo en una disminución de la vegetación densa y el incremento de edificaciones, por lo tanto, no se trata solo de un fenómeno ambiental. Corresponde también a la pérdida silenciosa de nuestra base productiva, de nuestra memoria agrícola y de una parte esencial del territorio que nos sostiene. Frente a este panorama, no basta con hacer “más de lo mismo”. Necesitamos una nueva manera de cultivar, una que se apoye en la ciencia, pero también respete los ritmos y equilibrios de la naturaleza. Ahí es donde entran los bioinsumos basados en microorganismos benéficos, pequeños aliados invisibles que están revolucionando el modo en que entendemos la fertilidad del suelo. Hongos, bacterias y levaduras que viven en torno a las raíces y que, en lugar de competir con las plantas, trabajan junto a ellas. Los hongos micorrícico-arbusculares (HMA), por ejemplo, amplían la capacidad de las raíces para absorber nutrientes como el fósforo y ayudan a que el suelo retenga mejor el agua. En un país sediento, eso es oro puro. Las bacterias beneficiosas fijan nitrógeno y liberan compuestos que estimulan el crecimiento vegetal, mientras que las levaduras, aunque menos conocidas, están mostrando un potencial increíble para proteger las plantas contra enfermedades. En conjunto, estos microorganismos no solo mejoran los rendimientos, sino que también reducen el uso de fertilizantes y pesticidas, haciendo de la agricultura una práctica más limpia y sostenible. Desde Centro Ceres, en alianza con investigadores como el Dr. Pablo Cornejo, se ha logrado avanzar en la creación de consorcios microbianos complejos (combinaciones de distintos microorganismos que trabajan en conjunto), alcanzando etapas tecnológicas que ya permiten pensar en productos comerciales. Lo más valioso de este trabajo no es solo la ciencia detrás, sino la visión: ofrecer a los agricultores herramientas reales, accesibles y efectivas, tanto para la producción convencional, la orgánica y agroecológica. En otras palabras, tecnología pensada para el campo y para las personas que lo hacen posible. La importancia del apoyo de CORFO y TT Green Foods a los proyectos de I+D que lo conforman, radica en su capacidad para impulsar la innovación, la competitividad y la sostenibilidad dentro del sector productivo, especialmente en áreas como la agroindustria y la alimentación. Esta colaboración fortalece el ecosistema de innovación nacional, promoviendo sinergias entre el sector público, privado y académico. El desarrollo de proyectos como P11 son una invitación a repensar la relación entre la agricultura y el entorno. Son la prueba de que la innovación no siempre está en los grandes laboratorios, sino también en los suelos y en las raíces que sostienen la vida en los campos. Chile tiene en sus manos una oportunidad única para demostrar que es posible producir alimentos de calidad, cuidando al mismo tiempo el agua, el suelo y la biodiversidad. No se trata sólo de adaptarse al cambio climático, sino de liderar un cambio cultural hacia una agricultura más sabia, más humana y más viva. Porque al final del día, cultivar la tierra también es cultivar el futuro. OTRAS COLUMNAS a valorización de los subproductos agroindustriales, antes considerados simples desechos, representa hoy una oportunidad estratégica para impulsar la economía circular y promover el desarrollo de alimentos más sostenibles. Gracias a la innovación tecnológica, estos materiales pueden transformarse en ingredientes funcionales de alto valor agregado, contribuyendo a reducir el impacto ambiental y a generar nuevos beneficios económicos. Para lograr alimentos de calidad, resulta esencial conocer en profundidad la composición de las materias primas y los procesos de elaboración, ya que ambos factores determinan las propiedades y el comportamiento del producto final. Entre las tecnologías más versátiles, destaca la cocción por extrusión, ampliamente utilizada en la industria alimentaria por su capacidad de modificar la estructura física de las materias primas, consolidándose así como una herramienta prometedora para el aprovechamiento de descartes agroindustriales y la creación de nuevos alimentos. Este proceso de extrusión, favorece la liberación de compuestos bioactivos que suelen encontrarse atrapados en matrices complejas, lo que resulta interesante cuando se trabaja con estos subproductos ricos en componentes de difícil acceso. Los subproductos agroindustriales, como cáscaras, bagazo, tallos, vainas o semillas, representan una fuente valiosa de compuestos bioactivos con alto potencial nutracéutico. Y en CREAS, trabajamos precisamente en esta línea, aplicando tecnologías limpias y eficientes que permitan revalorizar estos residuos y transformarlos en alimentos innovadores y saludables. Una de las aplicaciones que le hemos dado a la cocción por extrusión dentro del proyecto ANID Regional R23F0004, es para generar un alimento extruido a base de bagazo de uva, subproducto de la producción vitivinícola. Este orujo o bagazo se somete a pretratamientos y se mezcla con otras materias primas para desarrollar un alimento mediante esta tecnología alimentaria, la cual ha mostrado ventajas tanto en la composición como en la bioaccesibilidad de compuestos bioactivos después del procesamiento. Estos resultados confirman el potencial de la extrusión como una herramienta eficaz para valorizar subproductos agroindustriales, aportando así al desarrollo de una alimentación más sostenible y funcional. Es motivante observar cómo la tendencia de generar alimentos con valor funcional a partir de subproductos agroindustriales está tomando fuerza en la industria alimentaria y que podemos contribuir como centro científico-tecnológico. Lo que antes se consideraba un residuo hoy se transforma en una fuente de innovación, dando origen a alimentos sabrosos, nutritivos y ricos en moléculas bioactivas que ejercen efectos beneficiosos en el organismo. Más allá del aporte nutricional, esta nueva mirada representa un cambio cultural y tecnológico. Se demuestra que la ciencia y la creatividad pueden convertir los descartes en oportunidades, impulsando una industria innovadora, más sostenible, consciente y alineada con el cuidado del medio ambiente y las personas. OTRAS COLUMNAS |
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