no de las principales efectos inmediatos de la crisis climática que vive el mundo, es la ocurrencia cada vez más frecuente, de fenómenos atmosféricos extremos, como prolongadas megasequías y tormentas repentinas de lluvia y granizo, cuyos efectos no solo perjudican calidad de vida de la población, sino que también ponen en riesgo la riqueza productiva de la agricultura tradicional. De hecho, según el estudio “Siniestros agrícolas por fenómenos climáticos” elaborado por la consultora Gallagher Chile, y reproducido en diversos canales de información sectorial, solo durante 2025 los daños causados al sector por fenómenos atmosféricos adversos, requirieron más de $2.800 millones en indemnizaciones. El mismo estudio detalla que los principales fenómenos adversos registrados durante el año pasado, fueron lluvias excesivas o fuera de temporada y heladas inesperadas, que derivaron en pagos por más de $1.500 millones. Las zonas más afectadas fueron las comunas de San Javier, San Carlos y Los Ángeles (ubicadas en las regiones de Maule, Ñuble y Biobío, respectivamente), totalizando más de 2.600 hectáreas de cultivos esenciales para el consumo humano, como trigo de invierno, papa de guarda, avena en grano y tomate de mesa. Si bien el estudio de Gallagher Chile solo abarca los predios de cultivos asegurado, representa en sí mismo una clara muestra del enorme daño que el cambio climático puede generar en la riqueza agroalimentaria nacional, pues establece con claridad que “los siniestros agrícolas originados por causas climáticas aumentaron 8% respecto de 2024; y 15%, si se comparan con las cifras de 2023”. Fenómeno que también abordó el analista experto en mitigación del cambio climático, Jaime Giacomozzi, en un artículo producido y editado en 2023 por la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, ODEPA, del ministerio de Agricultura, donde establece que “la agricultura chilena está experimentando condiciones desafiantes e impactos negativos debido a la mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos, los que afectan no solo la cantidad y calidad de los alimentos que produce el sector, sino que también las condiciones de vida de los agricultores, especialmente la pequeña agricultura”. El estudio de Giacomozzi también plantea que esta situación crea alto riesgo de inseguridad alimentaria para la población nacional, debido al impacto que se generaría en la disponibilidad y los precios de los productos agrícolas, a medida que los siniestros climáticos se hagan más recurrentes y destructivos. ACCIONES URGENTES Frente a esta compleja realidad, cada vez más frecuente e innegable en el territorio nacional, la agroindustria enfrenta el desafío complejo de adaptarse en forma ágil y eficiente al estrés hídrico, los “ríos atmosféricos” inesperados, la escasez de recursos energéticos y la pérdida de fertilidad en suelos que, tradicionalmente, han sido vitales para la riqueza productiva del sector, incluyendo vastas extensiones de las macrozonas centro-norte y sur. Para abordar dicha contingencia, los expertos recomiendan adoptar nuevas estrategias de gestión de suelos y recursos, que van desde el traslado territorial de cultivos estratégicos, hasta la adopción de tecnologías digitales que optimicen la eficiencia de los cultivos, tanto desde el punto de vista de la distribución de los suelos, como de la administración de recursos. Al respecto, el director nacional del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), Carlos Furche, comenta que “el cambio climático dejó de ser un escenario futuro y pasó a convertirse en el marco operativo del sistema agroalimentario”, y que en consecuencia, “la menor disponibilidad de agua y la mayor frecuencia de eventos climáticos extremos afectan directamente la estabilidad productiva, la calidad de las materias primas y la continuidad del abastecimiento para la industria”. Por ello, “el principal desafío es gestionar esa incertidumbre, porque cuando la producción se vuelve impredecible, aumentan los costos, se tensiona la planificación industrial y se pierde competitividad a lo largo de la cadena”, enfatiza Furche. El director de INIA recuerda, asimismo, que el impacto del cambio climático no es homogéneo, y que los sistemas productivos más dependientes del agua y más sensibles a los extremos térmicos son los que enfrentan los mayores riesgos, lo cual repercute directamente en la disponibilidad y estandarización de insumos para la industria alimentaria. "De este modo -precisa-, las estrategias de adaptación deben ser diferenciadas según cultivo, territorio y destino productivo, pues una discusión clave es identificar qué producciones seguirán siendo viables y competitivas, y cuáles (por el contrario), requerirán procesos de reconversión para sostener una oferta industrial estable en el tiempo”. En su opinión, esta adaptación del sector agroalimentario nacional también requiere soluciones estructurales y de largo plazo, lo que implica, en primer lugar, aplicar una gestión hídrica más robusta, que considere tecnificación del riego, obras con mayor viabilidad ambiental, infiltración de acuíferos y desalación de acuerdo con modelos validados internacionalmente (donde corresponda). El director de INIA también considera que es clave fortalecer el sistema de investigación, adopción y transferencia tecnológica, pues en el actual escenario la producción de alimentos de manera competitiva, con menos agua, menos suelo y menos mano de obra, “solo es posible incorporando ciencia y tecnología de forma sistemática en los procesos productivos”. Una opinión similar manifiesta Ignacio Streeter Ortega, CEO y cofundador de la startup nacional Neutral Farming, quien destaca el hecho de que Chile hoy exporta más de USD 7.000 millones anuales solo en frutas, y además compite en mercados globales donde la eficiencia productiva, la trazabilidad y la sostenibilidad son requisitos de entrada y no atributos diferenciadores opcionales. “Al mismo tiempo -agrega-, somos uno de los países de América Latina más vulnerables al cambio climático, con una reducción proyectada del recurso hídrico en la zona central que ya está impactando la viabilidad de cultivos enteros. Por ello, seguir gestionando operaciones agrícolas con procesos manuales y datos fragmentados es sencillamente insostenible. La eficiencia en la producción mediante una mejor toma de decisiones, tomando en cuenta los datos, es una variable crítica para aumentar la rentabilidad del negocio”, enfatiza. Streeter también puntualiza que los principales mercados de destino de las exportaciones agroalimentarias chilenas (Europa, Estados Unidos y Asia), están comenzando a exigir evidencia cuantitativa del desempeño en sostenibilidad, incluyendo variables esenciales como huella de carbono, eficiencia hídrica y salud del suelo. “Por ello -explica-, no basta con declarar buenas prácticas; hay que demostrarlas con datos duros. Esa es precisamente una de las capacidades centrales de nuestra plataforma: entregar trazabilidad de impacto con métricas cuantitativas y verificables, no estimaciones. Para el exportador chileno, eso empieza a ser muy importante para seguir participando de cadenas de compra globales”. EL APORTE DE LA TECNOLOGÍA Es así como en un escenario de tan alta exigencia, y donde los agricultores deben producir más y mejor (luchando contra los efectos de los siniestros ambientales y esforzándose por cumplir los nuevos requisitos de entrada de sus mercados de destino), la tecnología digital y especialmente las aplicaciones de Inteligencia Artificial, constituyen un aliado cada vez más valioso para la agroindustria, en la medida que contribuyen a diseñar e implementar estrategias que no solo mitiguen los efectos del cambio climático, sino que también los prevengan. Al respecto, Ignacio Streeter, recalca el valor que ha adquirido esta tecnología como apoyo especializado para el agro, pero también enfatiza que los agricultores requieren más capacitación y mejores soluciones integrales, para así hacer un uso más eficiente de los datos disponibles. En su opinión, aunque existe gran disponibilidad de instrumentos tecnológicos que recopilan información de los campos, su uso no es el más adecuado, pues los agricultores manejan datos dispersos levantados por analíticas de laboratorio, equipos de riego tecnificado, sondas meteorológicas y reportes satelitales. Todo esto solo crea “silos de información”, que pueden ser precisos, pero a la vez complejos de procesar en tiempo real, que es el momento cuando son más necesarios. “Por ello, en una industria extremadamente multifactorial como la agricultura, la Inteligencia Artificial marca la diferencia”, comenta. Para superar esa deficiencia, Streeter propone el uso de “gemelos digitales” (modelos virtuales) que repliquen la realidad del campo en forma continua, integrando todas esas fuentes de datos en un solo sistema que no solo muestre lo que ocurre, sino que también sea capaz de predecir lo que ocurrirá en el futuro. A partir de la experiencia adquirida en el desarrollo de su solución, el CEO de Neutral Farming asegura que el uso de estos gemelos digitales representa un salto cuántico transformador en contextos de estrés climático, “pues el agricultor deja de reaccionar y empieza a anticipar”. “Nuestro ‘copiloto agrícola’ convierte esa información compleja en instrucciones claras y accionables como, por ejemplo, qué hacer, cuándo hacerlo y cuál será el impacto medible de esa decisión, antes de que una helada, una sequía o un exceso hídrico genere pérdidas irreversibles”, enfatiza Streeter, quien también comenta que el trabajo realizado por Neutral Farming, tanto en laboratorio como en terreno, permite que los agricultores dispongan de una herramienta que brinda las siguientes ventajas: ● Contar con un modelo que predice más de 20 propiedades de suelo con exactitud mayor a 85% y brinda datos representativos que, a su vez, optimizan la toma de decisiones en variables críticas como, por ejemplo, riego y fertilización. ● Incorporar observaciones de campo en tiempo real, capturadas mediante notas de voz o video geo-referenciadas, que también mejoran la alimentación del modelo predictivo mediante el conocimiento tácito del agricultor y de su equipo técnico. Como resultado, explica Ignacio Streeter, el sistema literalmente “aprende” de la realidad específica de cada predio y se vuelve más preciso con el tiempo, lo que brinda a los agricultores mejores bases de información para tomar decisiones preventivas (y no solo reactivas), ante el riesgo que representan los cada vez más frecuentes siniestros climáticos. CONVERTIR DESAFÍOS EN OPORTUNIDADES Estas ventajas competitivas permiten trazar una proyección optimista para el sector -a pesar de la crudeza de los siniestros climáticos-, en la medida que todos los actores involucrados actúen de manera coordinada para utilizar todas las variables e instrumentos a su disposición (especialmente la tecnología digital), e impulsar una adaptación coherente, ordenada y eficiente de todo el campo chileno. En tal sentido, el director nacional de INIA, comenta que el nuevo escenario obliga a ajustar estrategias, pero también abre oportunidades para diversificar la base productiva y desarrollar nuevos cultivos y soluciones con potencial agroindustrial. “Aprovechar esas oportunidades depende de anticipación, investigación aplicada y capacidad de validar desarrollos que respondan a requerimientos industriales y de mercado, más que de respuestas reactivas frente a la crisis”, precisa. Carlos Furche también reconoce que, en este contexto, se han dado avances, pero que todavía persisten brechas importantes, especialmente en coordinación y ejecución. Por ello, recuerda que “la adaptación al cambio climático y la gestión del agua requieren una mirada sistémica que articule política pública, inversión privada y capacidades técnicas. Además, integrar de mejor forma a la pequeña y mediana agricultura a los procesos de innovación y a los mercados formales, sigue siendo clave para asegurar una base de abastecimiento confiable y competitiva para la industria alimentaria”. El directivo comenta que, desde INIA, se trabaja a nivel nacional en gestión hídrica, mejoramiento genético y adaptación de sistemas productivos. no solo para generar conocimiento, sino también para actuar como socio tecnológico de la agroindustria, facilitando validación, pruebas de aplicación y transferencia en condiciones cercanas a la escala industrial. “El objetivo es que estas soluciones puedan incorporarse progresivamente a los sistemas productivos, reduciendo riesgos, mejorando eficiencia y aportando mayor estabilidad a la cadena agroindustrial en el mediano plazo”, enfatiza. Furche concluye que todas estas variables permiten asegurar que ya se alcanzó el punto de inflexión y que si la agroindustria necesita cambios urgentes para sostener su base productiva y experiencia exportadora. “Esa adaptación es posible -asegura-, pero no automática. Requiere inversión, adopción tecnológica y decisiones oportunas. Si se fortalece el sistema de innovación y se avanza desde la investigación hacia el escalamiento industrial, existen condiciones reales para una adaptación efectiva y sostenible en el tiempo”. Ignacio Streeter también cree en el valor de la tecnología, especialmente de la IA, como eje articulador de esta evolución, pero también coincide en que dicho aporte no será completamente decisivo, mientras no se superen las brechas aún existentes en el sector, como la fragmentación tecnológica cultural y el prejuicio cultural. “Hoy muchos agricultores ya tienen equipos de riego, sondas, laboratorios y datos satelitales, pero operan en silos que no se comunican entre sí. El valor de la IA aparece justamente cuando se integran esas fuentes, y eso requiere una capa de orquestación que muy pocos productores tienen hoy. Además, el hombre de campo también necesita ver resultados concretos y medibles antes de confiar en un sistema automatizado para tomar decisiones críticas”, explica. Para abordar esa brechas, Streeter propone trazar una hoja de ruta de tres etapas. “En el corto plazo, demostrar valor con métricas que el agricultor entienda y defienda. En el mediano plazo, articular con entidades como CORFO, INDAP y gremios exportadores, para generar programas de cofinanciamiento que democraticen el acceso. Y en paralelo, diseñar soluciones que se integren al flujo de trabajo existente del agricultor —como hacemos en Neutral Farming—, y no que le exijan aprender un sistema completamente nuevo desde cero”. El CEO de Neutral Farming también considera que las startups nacionales de base científico tecnológica, son claves para impulsar a la agroindustria por este camino, porque están dispuestas y preparadas para resolver problemas complejos en realidades operativas muy específicas. “Desarrollar un gemelo digital que funcione para un predio de paltos en el valle del Limarí, con sus condiciones de suelo, su microclima y las fuentes de datos disponibles en esa operación particular, no es un proyecto que una gran tecnológica global vaya a priorizar. Eso lo hacemos nosotros (los emprendedores), pero más allá del desarrollo tecnológico, el rol más importante que cumplimos es acompañar al agricultor. Por ejemplo, en Neutral Farming no solo entregamos un software y nos vamos, sino que hacemos que la IA funcione en un contexto agrícola, integrándonos al flujo de trabajo del equipo en terreno, ayudando a interpretar los datos, ajustando los modelos a la realidad del predio, y midiendo el impacto de cada decisión tomada con nuestra plataforma”. A su juicio, esa cercanía permite que una tecnología de punta como la IA (que en un primer momento puede generar rechazo en un agricultor que no la conoce) pase de ser solo una promesa abstracta, a una herramienta que se incorpore en la operación diaria y genere beneficios comprobables con números concretos. “Y en esa capacidad de generar confianza a través de resultados concretos, es donde el ecosistema emprendedor tiene una ventaja real frente a cualquier otro actor del sistema”, precisa Ignacio Streeter. Visiones que se conjugan en un camino común, y permiten brindar al sector agroalimentario chileno una estrategia concreta y eficiente para abordar con éxito el desafío de adaptarse satisfactoriamente las nuevas condiciones climáticas, contribuyendo a la seguridad alimentaria de la población y reposicionando a nuestro país como potencia exportadora de alimentos, pero también de conocimiento técnico y científico. GALERIAOTROS REPORTAJES
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