comienzos del presente siglo la economía nacional descansaba con plena tranquilidad en la producción hortofrutícola para consolidar el posicionamiento de Chile como potencia alimentaria de clase mundial. Sin embargo, tan solo dos décadas después, los graves efectos del “cambio climático” y la escasez crónica de precipitaciones que afecta a gran parte del territorio nacional, trazan un escenario de estrés hídrico agudo que representa uno de los desafíos más críticos para el desarrollo presente y futuro de la agroindustria nacional. De hecho, según datos de la Dirección Meteorológica de Chile, las precipitaciones han disminuido en promedio entre 15 % y un 20 % en todo el territorio nacional durante las dos últimas décadas, mientras que solo en la zona central (donde tradicionalmente se concentra gran parte de la producción agrícola, incluyendo los principales cultivos de exportación hortofrutícola) esta reducción alcanza una proporción de entre 25 % a 40 %, debido a la megasequía que ya se extiende por más de 15 años. Esta disminución de la precipitaciones es una de las principales causas del estrés hídrico que hoy afecta tanto a la agricultura, como a la generación hidroeléctrica y al abastecimiento de agua potable en Chile. Escenario que en años recientes también se ha combinado con una mayor prevalencia de fenómenos climáticos adversos de carácter repentino y extremo como, por ejemplo, olas de calor, heladas fuera de temporada, lluvias breves muy intensas, aluviones e incendios forestales estivales. Todo estos eventos son altamente destructivos y pueden provocar pérdidas económicas muy importantes para toda la economía, incluyendo pérdida de cosechas, daños a la infraestructura productiva y reducción en la calidad de frutas y hortalizas de exportación. Algunos de estos ejemplos hoy son claramente evidentes a lo largo de la zona central, donde ya se dejan sentir con fuerza fenómenos como:
A su vez, la falta de riego y el aumento excesivo de las temperaturas promedio, incluso durante el invierno (con días en que las máximas han superado los 20 grados Celsius en meses tradicionalmente fríos, como mayo, junio y julio) favorece la expansión y supervivencia de contaminantes biológicos, como insectos, hongos y microorganismos patógenos. Esto genera tanto pérdidas a nivel de cosechas, como mayores gastos en control fitosanitario, así como alto riesgo para la calidad, inocuidad y seguridad alimentaria. Consecuentemente, el sector también enfrenta mayor riesgo para sus exportaciones, debido a la pérdida de cosechas, la baja en la calidad de los productos y la pérdida de competitividad derivada del potencial incumplimiento de exigencias internacionales relacionadas con inocuidad, sostenibilidad y huella de carbono. A lo cual se suma el impacto socioeconómico para los pequeños agricultores, que son más sensibles ante los escenarios de crisis y contingencia. Al respecto, Maurice Streit, Ejecutivo de Innovación Agraria de la Fundación para la Innovación Agraria, FIA, comenta que el aumento de la temperatura, la disminución de las precipitaciones, así como la mayor ocurrencia de eventos climáticos extremos y/o extemporáneos, como sequias, lluvias intensas, granizos, olas de calor y heladas, entre otros, hoy son una realidad innegable y “afectan directamente la producción silvoagropecuaria del país”. “Esta afectación -precisa- puede ocurrir también de manera más indirecta, mediante cambios en los patrones de comportamiento de plagas y enfermedades, aunque en ambos casos, se produce en general un efecto negativo en la producción, calidad y costo de los productos silvoagropecuarios, lo que representa un desafío económico, pero también social, ambiental e institucional para el sector”. Opinión que comparte Carlos Zúñiga, experto en riego e investigador del Centro INIA La Cruz, quien detalla que el volumen actual de precipitaciones registradas en Chile es menor que las cantidades de agua que los cultivos necesitan en el año para llegar a sus rendimientos potenciales. “Esto es especialmente marcado en la zona norte y central, donde hoy se debe suplementar la cantidad de agua que las precipitaciones no entregan, a través del riego, durante los períodos estivales de mayor demanda hídrica”, precisa el especialista. Zúñiga también recalca que la agricultura utiliza alrededor de 75 % del uso consuntivo del agua, siendo el sector económico que maneja la mayor cantidad de este recurso, por lo que “cualquier disminución en la cantidad de precipitaciones genera un desbalance que afecta enorme y principalmente a la producción agrícola, lo que puede afectar el crecimiento de los cultivos y, por lo tanto, su producción o calidad. Esto significa menor rendimiento y calidad de frutales, hortalizas o forraje”. RESILIENCIA Y ADAPTACIÓN TECNOLÓGICA Este desafiante escenario, en términos generales, hoy obliga a la agricultura y la agroindustria chilena a evolucionar desde un modelo productivo tradicionalmente basado en la abundancia relativa de recursos hídricos, hacia uno más centrado en la escasez creciente de agua y en la necesidad de optimizar la eficiencia en el consumo, con el objetivo de incrementar tanto la capacidad de resiliencia como la adaptación permanente al contexto. Algo que solo puede lograrse mediante el uso de mejores prácticas y herramientas biotecnológicas avanzadas. Así se expuso recientemente durante la versión 2026 de AgroTrade y Agronight Chile, evento organizado por la Asociación de Viveros de Chile, AGV; y en el vigésimo Seminario “¿Cómo viene la Temporada para el Agro Nacional?”, organizado por la Sociedad Nacional de Agricultura, SNA. En ambas instancias diversos paneles de expertos multisectoriales concluyeron que se deben adoptar medidas más enérgicas para impulsar el uso de nuevas soluciones biotecnológicas, como el mejoramiento genético de suelos, cultivos y especies hortofrutícolas, para hacerlas más resistentes a las nuevas condiciones meteorológicas y ambientales. También se abogó por el uso intensivo de nuevas soluciones digitales, como riego de precisión, sistemas automatizados y herramientas controladas por redes neuronales, Inteligencia Artificial y analítica de datos, entre otras posibilidades que la ciencia del siglo XXI ya ha comenzado a incorporar exitosamente al rubo agropecuario, en especial gracias al aporte del ecosistema emprendedor. Esta iniciativas se suman a la urgente necesidad de cambiar los paradigmas que aún prevalecen en la gestión hídrica a nivel macro, objetivo que abre paso (tal como lo sugieren el ministro de Agricultura, Jaime Campos, y el presidente de la SNA, Antonio Walker), a la implementación de un modelo de concesiones, que permita mayor participación de capitales privados en la construcción de nueva infraestructura de riego (como embalses y redes de riego automatizado), y en la implementación de más soluciones tecnológicas de punta, incluyendo futuras plantas de desalinización de agua de mar, en aquellas zonas donde sea más urgente y viable (como, por ejemplo, en la región de Coquimbo). Es decir, apostar a fondo y en profundidad por un cambio de paradigma absoluto, que “derribe los silos de la agroindustria tradicional” y de paso un nuevo modelo de gestión más moderno, eficiente y sostenible, que permita enfrentar de mejor forma los efectos del estrés hídrico, para optimizar los cultivos y brindar tanto seguridad alimentaria a la población como nuevas oportunidades de posicionamiento en los mercados internacionales, a los productores que hoy están amenazados por sequías, eventos meteorológicos extremos y riesgos fitosanitarios desconocidos. SALTO TECNOLÓGICO Este cambio de paradigma, de acuerdo con las voces expertas, requiere de soluciones inmediatas y avanzadas como, por ejemplo:
En tal sentido, Maurice Streit, comenta que los desafíos impuestos por el cambio climático han obligado al sector a reevaluar la localización de proyectos agrícolas, privilegiar el uso de especies y variedades mejor adaptadas a las nuevas condiciones climáticas, y adoptar cada vez más tecnología. “Por ejemplo -detalla el experto de FIA-, en el aspecto tecnológico ya se han desarrollado simulaciones climáticas que permiten evaluar la conveniencia de comenzar o mantener proyectos agrícolas, así como también otras soluciones que incluyen plataformas de pronóstico y alerta meteorológica, de riesgo fitosanitario, de gestión del agua a nivel de cuenca, programación satelital del riego, agricultura de precisión, cámaras montadas en drones para evaluación de cultivos, riego inteligente (con uso de sensores de humedad de suelo, condición hídrica de la planta y nuevas estrategias de riego), insumos que aumentan la resiliencia de los cultivos frente al estrés hídrico, monitorización de implementos de riego y, más recientemente, la incorporación de herramientas de inteligencia artificial”. Visión que comparte Carlos Zúñiga, de INIA La Cruz, quien de todos modos enfatiza que si Chile desea mantener su posicionamiento como potencia alimentaria, “requiere de mayor producción agrícola, la cual, a su vez, requiere de agua, y eso va a seguir siendo así, independientemente del grado de tecnologización del que se disponga”. “En este sentido -enfatiza Zúñiga-, es necesario recalcar que la primera pregunta que se debe responder es con cuánta agua se dispone, qué es lo que verdaderamente se puede producir con ella y cómo puedo hacer lo más eficiente posible en su utilización. Una vez establecida la cantidad de agua disponible para la producción de cualquier cultivo, y lo que potencialmente se puede producir con ella, se debe determinar la manera de ocupar el recurso de la forma más eficiente posible”. Para este propósito, el experto de INIA detalla que hoy existen una serie de herramientas tecnológicas que permiten alcanzar esa eficiencia, entre las cuales destaca las siguientes: ● Programar el riego de acuerdo a la demanda real de agua de las plantas, mediante estaciones meteorológicas automáticas que determinen la evapotranspiración de referencia, a partir de la cual se puede calcular el tiempo y frecuencia de los riegos. Carlos Zúñiga precisa que estas estaciones están disponibles de manera comercial, “aunque también existe la Red Aagrometeorológica de INIA, que cuenta con estaciones meteorológicas públicas desde donde se puede descargar la información de la estación meteorológica más cercana”. ● Uso de sensores de capacitancia, también llamados sensores FDR o TDR, que permiten un monitoreo continuo y frecuente del contenido de agua del suelo a distintas profundidades, permitiendo “vigilar” que el contenido de agua del suelo se mantenga dentro de niveles que no signifiquen estrés para las plantas. ● Empleo de microtensiómetros, que obtienen el potencial hídrico xilemático de las plantas a través de sensores insertados en el xilema (variable que indica el nivel de estrés hídrico). ● Utilización de imágenes satelitales u obtenidas mediante drones, para analizar la velocidad de crecimiento de los cultivos, o bien, para obtener el estado nutricional de las plantas (mediante cámaras especiales). ● Adquisición de medidores volumétricos electrónicos que entreguen información sobre la cantidad de agua que se entrega en cada riego, la cual es clave para hacer la “contabilidad” del agua utilizada. Zúñiga también destaca que INIA, encabeza diversos proyectos de eficiencia hídrica en todas las zonas del país, con el objetivo de apoyar la adaptación de la agricultura chilena a los efectos del cambio climático y la condición de escasez hídrica que afecta ya a algunos territorios. “Para lograr lo anterior -precisa-, es indispensable el uso de dispositivos tecnológicos y de agricultura 4.0, para así contar con datos precisos para la toma de decisiones y realizar un riego optimizado a las reales necesidades de agua en los cultivos; a lo cual se suman otras iniciativas de riego tecnificado, por goteo o subterráneo, por nombrar algunas opciones. Sin embargo, también es relevante contar con variedades de cultivos adaptadas a este nuevo escenario de estrés hídrico, y en esa línea también la institución tiene propuestas novedosas, que con un buen manejo, permiten tener rendimientos óptimos con un uso moderado de agua”. Líneas de trabajo que también destaca Mauricio Streit, quien comenta que FIA actualmente apoya numerosas iniciativas de innovación biotecnológicas dedicadas a esta materia, y que como parte del Comité Técnico Intraministerial de Cambio Climático (CTICC), asesora al ministerio de Agricultura en la formulación de estrategias de adaptación y mitigación frente al cambio climático. En ese contexto, detalla que entre las diversas iniciativas apoyadas por FIA en el ámbito del cambio climático y gestión del déficit hídrico destacan, entre otras:
Acciones que se suman a numerosos emprendimientos puestos en marcha durante la última década, por el ecosistema emprendedor, que van desde la implementación de soluciones de riego mediante IA hasta el uso de edición genómica para desarrollar cultivos más nutritivos y resistentes a las olas de calor, heladas y lluvias extremas. Todo lo cual demuestra que, con una hoja de ruta coherente, un trabajo coordinado entre academia, sector privado e instituciones públicas, y visión de futuro, es posible impulsar una adaptación eficiente, resiliente y sostenible de la agroindustria chilena a los efectos del cambio climático, fortaleciendo su capacidad para garantizar la seguridad alimentaria de la población y posicionar a nuestro país como una potencia ecoalimentaria mundial. GALERÍAOTROS REPORTAJES
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