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Hace tan solo unos días, el Presidente de la República, José Antonio Kast, encabezó en el Salón O’Higgins del Palacio de La Moneda, la ceremonia de creación del Premio Nacional “Dr. Fernando Monckeberg”. Este reconocimiento, que destacará cada año las iniciativas más sobresalientes en materia de nutrición infantil, promoción de hábitos saludables y prevención de la malnutrición, también honra el enorme legado del facultativo y profesor emérito de la Universidad de Chile, quien hace 50 años implementó las campañas de alimentación para madres embarazadas mediante el consumo de leche fortificada “Purita”. Un aporte que, a la postre, fue decisivo para erradicar de raíz la desnutrición infantil en Chile, y que se suma al apoyo personal que el Dr. Monckeberg también dio a diversas políticas públicas e instituciones, como INTA (de la cual fue fundador) cuya aplicación mejoró significativamente las condiciones de vida de miles de niños y niñas en todo el país. Sin embargo, más allá del homenaje puntual, este reconocimiento también busca proyectar el legado del Dr. Monckeberg hacia los desafíos sanitarios actuales, pues aún cuando Chile logró derrotar a la desnutrición infantil gracias a la implementación de políticas públicas sostenidas, hoy enfrenta una nueva realidad marcada por el aumento del sobrepeso y la obesidad (adulta e infantil). De hecho, la obesidad se ha consolidado como uno de los principales desafíos de salud pública en Chile, pues tal como lo establece el informe Panorama de la Salud 2025 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), actualmente 31% de los adultos chilenos presenta algún grado de obesidad, cifra que supera holgadamente el promedio de los demás integrantes de este organismo internacional, que alcanza a 19%. Esto se traduce, según todas las observaciones médicas, en mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes, trastornos de salud mental e, incluso, algunos tipos de cáncer, lo que afecta significativamente la calidad de vida de las personas en etapas complejas de la vida. ADVERTENCIA ACADÉMICA En este escenario, que resulta tan paradójico como incomprensible, las instituciones académicas han realizado reiterados y potentes llamados a implementar nuevas acciones e iniciativas que resuelvan en forma definitiva esta situación crítica. Así lo expresa, por ejemplo, la nutricionista del Departamento de Salud Estudiantil de la Universidad de La Serena, Angélica Henríquez Cerna, quien asegura que “la obesidad es una condición compleja y multifactorial, por lo que no puede atribuirse únicamente a conductas propias e individuales de cada persona obesa”. Todo ello implica que tampoco puede abordarse con miradas simplistas o restrictivas, pues aun cuando se ataque uno de los factores causantes, los otros que no hayan sido identificados a tiempo, seguirán impulsando a la persona hacia un círculo vicioso de inacción y escasos resultados. Como primer paso, Angélica Henríquez recalca que entre los factores alimentarios que mayor impacto tienen en el incremento de los índices de obesidad, están la baja ingesta de verduras, frutas, legumbres y otros alimentos de alta calidad nutricional, “así como también un alto consumo de productos procesados y de baja calidad nutricional como bebidas azucaradas, embutidos y alimentos con elevada densidad energética”, añade la especialista. Sin embargo, la nutricionista de la universidad de La Serena enfatiza que “en los casos de malnutrición por exceso también influyen factores sociales, económicos y culturales. El ritmo de vida actual favorece el consumo de comidas rápidas, una alimentación más desorganizada y menos tiempo para cocinar. A esto se suman el sedentarismo, el estrés crónico, la falta de sueño y las desigualdades en el acceso a alimentos saludables”. Según explica la nutricionista, “para revertir esta tendencia es fundamental promover hábitos sostenibles (en lugar de imponer más dietas restrictivas), fortaleciendo la educación alimentaria, el acceso a alimentos saludables y la actividad física regular”. “La evidencia -agrega Henríquez- muestra que los cambios progresivos y mantenidos en el tiempo tienen mejores resultados que las estrategias centradas exclusivamente en la restricción o la pérdida de peso”. Ahondando en este punto, la especialista hace hincapié en que esta problemática requiere un abordaje integral que combine políticas públicas, educación, prevención y atención de salud. “Una de las estrategias más importantes es promover hábitos alimentarios sostenibles desde edades tempranas, junto con mejorar el acceso a alimentos saludables, espacios seguros para la actividad física y programas de salud que integren aspectos nutricionales, psicológicos y sociales”, detalla. Además, Henríquez recalca que es importante avanzar desde un enfoque centrado exclusivamente en el peso hacia uno centrado en salud y bienestar, “promoviendo conductas saludables que puedan mantenerse a lo largo de la vida y evitando intervenciones que favorezcan la culpa, el miedo, el estigma de peso o una relación conflictiva con la alimentación”. FENÓMENO SISTÉMICO Esta combinación de factores de diversa índole, exige, consecuentemente que las acciones diseñadas para revertir este cuadro de prevalencia en la población, requieran la opinión y apoyo de profesionales pertenecientes a distintas áreas del conocimiento. Al respecto, el sociólogo y coordinador General del Área de Formación Integral (AGGDFI) de la Universidad de La Serena, Cristian Blanco, advierte que “la obesidad en Chile es fundamentalmente resultado de un entorno obesogénico (combinación de factores que promueven e incentivan el consumo de alimentos poco saludables y un estilo de vida sedentario), arraigado en la estructura social, económica y urbana del país. “Esto ha permitido que hayamos pasado de la desnutrición en la década de 1970 a las altas tasas de obesidad actuales”, indica el experto. El sociólogo también puntualiza que “la obesidad está fuertemente determinada por la desigualdad de clase y se concentra con mayor fuerza en sectores vulnerables, ya que los alimentos más saludables suelen ser más caros y las clases más acomodadas cuentan con mayor acceso a información nutricional, redes de apoyo y tiempo para cuidar su salud”. Blanco también enfatiza que “la transformación laboral, con jornadas extensas y traslados prolongados, ha generado un sedentarismo forzado, lo que reduce la preparación de alimentos frescos y fomenta el consumo de comida rápida y platos listos para servir”. “Además -agrega- muchos empleos pasaron de requerir esfuerzo físico a desarrollarse principalmente en oficinas y servicios”. Según el sociólogo, otro de los motivos de este escenario es que “los supermercados han desplazado a las ferias libres, aumentando la disponibilidad de alimentos altos en nutrientes críticos, que siguen siendo los más accesibles y rápidos de consumir. “A ello se suma que las bebidas azucaradas, los alimentos altos en calorías y el alcohol siguen siendo parte habitual de la socialización”, externalidades que a su juicio se potencian por la falta de áreas verdes y la inseguridad en los barrios. “Esto dificulta la práctica de ejercicio, lo que sumado al estilo de vida cada vez más digitalizado, han transformado el tiempo libre en una actividad de gasto energético casi nulo”. EL IMPACTO PSICOLÓGICO A su vez, el psicólogo clínico y académico del Departamento de Psicología de la Universidad de La Serena, Sebastián Maluenda, recalca que “la obesidad es una condición que trasciende el ámbito físico y tiene repercusiones a nivel psicológico y social. Además, el proceso genera diferentes consecuencias cuando se es adolescente, niño o adulto”. En línea con esto, el magíster en Psicología explicó que “las personas con obesidad suelen enfrentar estigmas, prejuicios y discriminación en ámbitos como salud, trabajo, educación y relaciones interpersonales, lo que puede generar un mayor malestar en sus relaciones de pareja, familiares e incluso consigo mismas”. Y en tal sentido agregó que “esto puede causar vergüenza, culpa y baja autoestima, favoreciendo la aparición de problemas de salud mental como depresión, ansiedad y trastornos de la conducta alimentaria”. “Además -indica- la presión de los estándares de belleza y las redes sociales puede generar aparición de ansiedad, depresión, aislamiento social e insatisfacción corporal”. Este desorden, de acuerdo con el psicólogo, implica que “el estigma asociado al peso lleva a muchas personas a evitar la atención médica o limitar su participación en actividades sociales, por eso, es fundamental comprender la obesidad desde una perspectiva biopsicosocial, considerando tanto la salud física como la salud mental”. En consecuencia, “la atención no debe centrarse solo en los kilos, sino también en el bienestar y el progreso de cada persona”, factores que son fundamentales para impulsar una auténtica solución integral o aislada, porque la lucha contra la obesidad ya no depende solo del éxito de unos cuantos sellos de advertencia, sino de una terapia integral, transdisciplinaria y segura. GALERÍAOTROS REPORTAJES
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