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Mercado vitivinícola chileno

5/8/2026

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Mercado vitivinícola chileno 2026
Foto: FreePik
Bajada mercado vitivinícola chileno 2026
Letra L
os constantes cambios en las tendencias de consumo han dejado una profunda huella en el mercado de alimentos y bebidas, debido a los nuevos requerimientos de una población cada vez más informada y exigente.
 
La producción vitivinícola no es la excepción a esta regla, y así lo entienden algunas de las viñas más destacadas de nuestro país, que poco a poco exploran su capacidad para reinventarse mediante diversas estrategias orientadas a la conquista de nuevos nichos y a la fidelización de su público tradicional, mediante el perfeccionamiento y la mejora continua de su oferta.
 
Sin embargo, se trata de un camino mucho más complejo de lo que podría suponerse, pues el sector ha sufrido durante los últimos años un cúmulo de graves contingencias económicas, ambientales y comerciales que se traduce en un fenómeno que muy pocos anticipaban a comienzos de la presente década: la baja sostenida en el consumo de vinos.
 
Las alarmas ya se habían encendido a fines de 2024 y principios de 2025, cuando diversos estudios elaborados por viñas privadas mostraron una caída de entre 35 y 40% en la cantidad de hectáreas de uva plantadas. Sin embargo, la alerta total se disparó con fuerza comienzos del presente año, luego de que las estadísticas elaboradas por la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, ODEPA, mostraran que durante el año 2025 solo se produjeron 8.386.122 hectolitros de vino.
 
Esta cifra no solo es la más baja desde 2006 a la fecha, sino que además refleja una situación compleja para un sector protagonista del comercio exterior chileno, y cuya producción, hace tan solo cuatro años, superaba holgadamente los 13 millones de hectolitros.
 
Aunque las causas de este declive son diversas, los expertos las acotan a dos aspectos clave: pérdida de competitividad de la uva frente a cultivos más baratos y productivos (como la ciruela, la guinda o el arándano, entre otros); y baja generalizada de consumo de alcohol en las nuevas generaciones, cuya tendencia a la vida sana y sostenible los impulsa a experimentar otras opciones de coctelería, en especial la denominada mocktelería (o consumo de cócteles sin alcohol).
 
Sin embargo, los actores clave del ecosistema productivo ven más allá de la contingencia y apuestan por su capacidad para reinventarse y aprovechar la crisis como una nueva oportunidad de crecimiento, marcada por la evolución hacia un consumo más restringido en cifras totales, pero más exclusivo y selectivo.
 
Al respecto, Mario Pablo Silva, Presidente del Consorcio I+D Vinos de Chile, reconoce que el sector enfrenta un escenario global complejo, marcado por una baja en la demanda, el cambio climático y un ajuste en la superficie cultivada. Sin embargo, también enfatiza que la industria vitivinícola nacional tiene la madurez necesaria para hacer frente a este momento, y emerger más fuerte. “Atributos tenemos de sobra: diversidad de territorios y climas, consistencia técnica y un compromiso inquebrantable y reconocido con la sostenibilidad”, asegura el ejecutivo.
 
En este contexto, Silva pone sobre el tapete el destacado desarrollo tecnológico del sector, que se traduce en adopción de nuevas herramientas, mecanización y uso de datos y sensores para optimizar la producción, manteniendo la calidad y sostenibilidad que son hoy requisitos indispensables en los mercados más exigentes. “En esto, ha sido importante la presencia del Consorcio I+D Vinos de Chile, junto a las viñas, y el apoyo de Corfo, que ha permitido desarrollar herramientas concretas para la toma de decisiones, como el Código de Sustentabilidad, el desarrollo de material vegetal de alta calidad sanitaria, y la implementación de una nueva red meteorológica”, detalla el representante del gremio.
 
A juicio del ejecutivo, todos estos factores, sumados a la capacidad de adaptación y diversificación del sector, también contribuyen a mantener la competitividad internacional, tanto en los mercados tradicionales, como China (que hoy muestran volatilidad y menor demanda), como en nuevos destinos emergentes, incluyendo a Brasil e India, donde hoy se abren nuevas oportunidades estratégicas de gran potencial.
 
“Esto implica -asegura Mario Pablo Silva-, que debemos mantener nuestro liderazgo como el cuarto exportador mundial, pero compitiendo cada vez más a través de la premiumización (orientación al segmento premium), la sostenibilidad certificada y un precio promedio que haga justicia a la calidad excepcional de nuestros vinos”.
 
En el ámbito local, en tanto, se requiere aplicar una profunda estrategia de reordenamiento, pues ya quedaron atrás los días de producción en serie y lucha por inundar los mercados con producciones masivas. “Hoy el objetivo no es otro que reforzar la estrategia de valor para posicionar a Chile como un líder en vinos premium y sostenibles. “Necesitamos que nuestros vinos valgan más y se reconozcan por lo que son, pues nuestra resiliencia, sostenibilidad, diversidad y calidad ya están probadas. Chile ya no puede seguir siendo solo sinónimo de ‘buen vino barato’, sino que debe capturar segmentos más altos, donde el consumidor valora la historia, la diversidad de terroirs (desde el desierto hasta la Patagonia, y de mar a cordillera), y la consistencia técnica”, puntualiza Mario Pablo Silva.

GENERAR VALOR AGREGADO
 
Esta renovada orientación del sector vitivinícola nacional hacia productos premium no implica, necesariamente, el abandono del mercado masivo, sino que representa adecuarse a un mercado que hoy también experimenta cambios en sus orientaciones de consumo. En otros palabras, los vinos “buenos, bonitos y baratos” no dejarán de existir, sino que las viñas comenzarán a centrar sus estratégicas de crecimiento hacia compradores dispuestos a pagar más por vinos de mayor exclusividad y que, al mismo tiempo, brinden experiencias con “valor agregado”.
 
Esto significa, por ejemplo, potenciar el mercado de los vinos boutique e incorporar en mayor proporción el concepto de enoturismo, tanto a nivel vitivinícola como gastronómico. Así lo reconoce Alex Abarza Stark, gerente comercial de Marketing y Ventas de Viña Doña Aurora, quien enfatiza que la evolución del mercado, especialmente entre las viñas boutique hoy tiene una lógica mucho más enfocada en la generación de valor agregado que en volumen. “En producción -explica Abarza-, se ha priorizado la calidad, con rendimientos más controlados y mayor atención al detalle en cada etapa, mientras que en tecnología, ya no se trata de industrializar, sino de ser más precisos, aplicando mejor gestión hídrica, monitoreo del viñedo y decisiones más informadas”.
 
El ejecutivo concluye que, en el ámbito comercial, estos cambios derivan en un nuevo escenario, donde la dependencia ya no radica en exportaciones masivas, sino que se combinan otros factores, como los mercados de nicho, la venta directa y el enoturismo, que hoy emergen como los nuevos pilares esenciales para construir marca y capturar valor.
 
Opinión con la que concuerda Alejandro Abarca, Gerente General de Viña Terranoble, quien destaca que el enoturismo “se ha convertido en un verdadero motor de adaptación para la industria vitivinícola, ya que permite acercar al consumidor al origen, al terroir y al proceso productivo”.
 
En tal sentido, Abarca precisa que en un escenario económico de mayor cautela en el gasto, el enoturismo se posiciona como herramienta de diferenciación estratégica, pues más allá de ser un ingreso adicional, “permite fidelizar al cliente al mostrarle directamente el terroir y el trabajo humano detrás de cada botella”. En ese sentido, el ejecutivo destaca que, para una viña tradicional como TerraNoble, abrir las puertas de la bodegas en valles como el Maule, “es la mejor forma de comunicar nuestra historia y sostener el valor de nuestra marca, permitiéndonos enfrentar de mejor manera la volatilidad de los mercados internacionales”.

ÉNFASIS EN SOSTENIBILIDAD

Claro que este nuevo enfoque comercial no puede, ni debe, dejar de lado la preocupación por el del medio ambiente, pues en la actualidad el sector también debe coexistir con otro escenario altamente desafiante: el cambio climático y el estrés hídrico que hoy afectan a las principales zonas de producción vitivinícola. Al respecto, Mario Pablo Silva es enfático en resaltar que en los últimos 20 años, el sector vitivinícola chileno ha experimentado una evolución significativa en materia de sostenibilidad, posicionándose como referente a nivel internacional.
 
“Hemos sido pioneros a nivel nacional en la creación de un estándar de sostenibilidad propio, pues el desarrollo del Código de Sustentabilidad del sector vitivinícola chileno, ha permitido avanzar de manera asociativa en la incorporación de prácticas ambientales, sociales, productivas y de gobernanza a lo largo de toda la cadena de valor”, indica el ejecutivo.
 
Silva también puntualiza que el Código de Sustentabilidad ha sido clave para ordenar, medir y mejorar el desempeño del sector, facilitando la adopción de buenas prácticas y alineando a las viñas bajo un marco común, lo que ha contribuido a dar mayor transparencia y credibilidad frente a mercados cada vez más exigentes. “En paralelo -agrega-, se observa una creciente adopción de prácticas sustentables en el manejo productivo en las viñas en general, incluyendo el uso eficiente de recursos como el agua y la energía, mientras que en materia de economía circular, el sector ha mostrado avances concretos, como la reducción de residuos y una mayor revalorización de los subproductos generados durante la vendimia y la poda, ya sea para el desarrollo de nuevos productos o mediante su reincorporación al viñedo”.
 
Álex Abarza, en tanto, también considera que la sostenibilidad ha pasado de ser un discurso a una práctica real, con una adopción mucho más concreta de enfoques orgánicos, biodinámicos y regenerativos, con foco en suelos vivos y equilibrio del ecosistema, que permiten trabajar activamente para mejorar el entorno productivo.
 
“En paralelo -detalla Abarza-, la reutilización de subproductos como el orujo ha tomado fuerza, pues se incorpora en compostaje, se valoriza en otros usos y se integra dentro de una lógica de economía circular cada vez más presente. También hay avances en eficiencia energética y optimización de procesos en bodega, pero lo más relevante es el cambio de mentalidad, pues hoy producir bien implica hacerse cargo del impacto (ambiental)”.
 
Punto de vista que comparte Alejandro Abarca, quien comenta que la sostenibilidad hoy es un pilar de competitividad y una exigencia de los mercados, más que una opción. “En TerraNoble -detalla el ejecutivo-, hemos pasado de la teoría a la acción con la implementación de una planta de reutilización de orujos, lo que nos permite reintegrar estos residuos sólidos al suelo a través del compostaje. Además, bajo la certificación Sustainable Wine of Chile, buscamos aplicar un modelo de economía circular donde los subproductos del proceso, como las aguas de limpieza y residuos orgánicos, se recuperen para minimizar nuestro impacto ambiental de manera real y medible”.

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ADAPTABILIDAD GENERACIONAL
 
Pero entre todos los desafíos que hoy enfrenta la industria vitivinícola, ninguno parece más complejo que el cambio en las tendencias de consumo. Esto se debe a que tanto las contingencias comerciales como ambientales pueden abordarse con lógica estructural adaptativa convencional. Sin embargo, el factor valórico que hoy rige los patrones de conducta de un sector importante de la población, implica reducir, e incluso eliminar, el consumo de alcohol, privilegiando la salud ante todo.
 
Esta nueva concepción de la vida resulta extremadamente difícil de manejar para los productores, pues el vino es, por esencia y tradición, una bebida que basa su posicionamiento en las reacciones sensoriales que brinda el alcohol obtenido a partir de la fermentación de la uva. Por ende, y a diferencia de otros productos presentes en el mercado como la cerveza analcohólica o los mocktails, resulta prácticamente imposible pensar en el desarrollo de “vinos sin alcohol” para el consumo de las nuevas generaciones.
 
Sin embargo, el presidente del Consorcio I+D Vinos de Chile, aún confía en el valor intrínseco de un producto enraizado en la cultura nacional y en su capacidad para encantar y reencantar a diversos públicos, precisamente a partir de la apuesta por mayor calidad y valor agregado. “El consumo de vino es perfectamente compatible con un estilo de vida saludable, pues es parte de la dieta mediterránea y no debemos olvidar que lo importante son los patrones de consumo. Es ahí donde hay que poner foco, junto con el consumo de vinos de alta calidad”, destaca Mario Pablo Silva.
 
El ejecutivo también enfatiza que las nuevas tendencias NOLO (acrónimo de “No or Low Alcohol/ “Sin o con Bajo Alcohol”), son “comprensibles” desde un punto de vista integral, pero que eso no implica que el vino no siga existiendo como “producto vivo y cultural”. En su opinión, es posible que este nuevo nicho de productos con bajo grado alcohólico (generalmente utilizados para elaborar coctelería), siga existiendo, pues diversas viñas ya lo han estado explorando, “pero la verdadera solución a largo plazo no es quitarle al vino lo que es, sino apostar por la calidad”.
 
“Esta es una industria milenaria -puntualiza Silva- y el futuro no está necesariamente en la desnaturalización del vino, como sería un vino sin alcohol, sino en lograr vinos cada vez mejores, más honestos y con una expresión del territorio que invite a conocer más el trabajo que hay detrás de cada copa. Hay que recordar, que el vino ya ha pasado antes por prohibiciones, plagas y cambios de moda radicales, por lo tanto, un producto que intente imitarlo, sin su esencia, puede ser una moda pasajera o quedarse con una demanda reducida. Lo que sí puede ser una oportunidad real que hay que considerar, es la producción de vinos con buen equilibrio y graduaciones menores, pero como resultado de un manejo integral del viñedo o de la ubicación geográfica”.
 
Punto de vista que comparte Álex Abarza, de viña Doña Aurora, quien comenta que la evolución hacia los productos “NOLO” es válida, siempre y cuando se haga en el momento apropiado. “Para una viña boutique, por ejemplo, el valor está en el origen y la autenticidad. Por ello, la clave radica en adaptarse a nuevos hábitos de consumo sin diluir lo que hace único al vino. En ese equilibrio está la oportunidad”, enfatiza el ejecutivo.
 
Sin embargo, para otro sector de la industria, esta tendencia restrictiva ofrece interesantes oportunidades para generar nuevos negocios y crecer hacia otros nichos. Así lo estima, por ejemplo, Alejandro Abarca de viña TerraNoble quien reconoce que muchos productores se han ido sumando a esta nueva tendencia de desarrollar vinos con menor graduación alcohólica por motivos de salud y bienestar, especialmente en mercados jóvenes y urbanos, pues los consumidores globales demandan opciones más ligeras, con menor impacto en el cuerpo y en el comportamiento. “En ese marco -detalla-, la industria está respondiendo con líneas específicas de vinos de baja graduación, técnica de cosechas tempranas, y selecciones de uvas con menor azúcar. Es un nicho interesante no solo para captar jóvenes, sino también para ampliar la oferta hacia consumidores más conscientes, donde se combina salud, disfrute y responsabilidad”.
 
Variable que también destaca Elier Álvarez, sommelier de Morandé Wine Group, quien recalca que la industria debe evolucionar hacia nuevas formulaciones con menos alcohol y formatos diferentes, como cocteles a base de vino dulce, para conquistar al público que busca nuevos sabores. “Hay que volver a enamorar al público tradicional con productos premium, y conquistar a los más jóvenes con propuestas innovadoras, atractivas y de fácil acceso”, indica el profesional.
 
Aspecto con el que concuerda Millaray García, anfitriona vitivinícola y representante de la Generación Z, quien recalca que los consumidores más jóvenes no se sienten atraídos por las propiedades organolépticas del vino, por lo que las viñas deben hacer un mayor esfuerzo por brindarle a ese público la posibilidad de explorar preparaciones más atractivas, como el vino sour o la sangría enlatada, entre otras. “También es muy importante que los productores demuestren trazabilidad sustentable y orgánica como argumento de venta, pues la gran mayoría de los jóvenes de mi generación preguntan si los vinos se producen con técnicas orgánicas o inocuas para el medio ambiente”, asegura.
 
Pasos evolutivos que hoy demuestran que la industria vitivinícola nacional dispone de las herramientas y estrategias para seguir siendo competitiva, adaptándose tanto a las contingencias territoriales, como a las nuevas exigencias de un consumidor más consciente, pero que no desea perder la posibilidad de disfrutar un instante de placer sensorial intenso, responsable y cuidadoso.

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Firma Francisco Javier González Salvo

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